Sanidad vegetal del cultivo de maíz

Sanidad vegetal del cultivo de maíz

La sanidad vegetal del cultivo de maíz condiciona el potencial de rendimiento antes incluso de la siembra, porque define el equilibrio entre planta, patógenos y ambiente, si el sistema se inclina hacia la enfermedad, la fotosíntesis efectiva disminuye, se altera la partición de asimilados y se compromete la estabilidad del rendimiento, especialmente bajo escenarios de estrés hídrico y térmico crecientes, así, patógenos como Exserohilum turcicum, Puccinia sorghi o Fusarium verticillioides no solo reducen el área foliar funcional, sino que modifican la fisiología de la planta, incrementan la respiración de mantenimiento y reducen la eficiencia en el uso del agua.

Por eso, una estrategia integrada de manejo fitosanitario debe comenzar con la elección de híbridos tolerantes, continuar con rotaciones que reduzcan inóculo y densidades de siembra que eviten microclimas favorables a la infección, complementada con monitoreo fenológico y umbrales de intervención precisos, de lo contrario, incluso con fertilización y riego óptimos, la sanidad deficiente genera mazorcas mal llenadas, mayor incidencia de micotoxinas y pérdidas de calidad industrial, afectando no solo el volumen cosechado, sino la estabilidad de las cadenas de valor asociadas al maíz.

Plagas

La sanidad vegetal del maíz en México se define, en gran medida, por la dinámica de sus principales plagas insectiles, cuya presión se ha intensificado con el cambio climático, la expansión de siembras de riego y la reducción de rotaciones diversificadas. El impacto sobre el rendimiento no se limita a la pérdida directa de tejido vegetal, sino que altera la fisiología del cultivo, la eficiencia en el uso de agua y nutrientes, y la estabilidad de la producción entre ciclos. En un contexto donde el rendimiento promedio nacional ronda 3,9 t/ha, pero los sistemas tecnificados superan con facilidad 10,0 t/ha, la brecha productiva está estrechamente ligada al manejo de plagas clave como gusano cogollero, gusano elotero, barrenadores de tallo, pulgones y trips, además de complejos emergentes asociados a virus y micotoxinas.

Gusano cogollero: eje central del manejo de plagas

El gusano cogollero del maíz (Spodoptera frugiperda) es la plaga más determinante en el país, por su amplia distribución, su capacidad de daño en etapas tempranas y su plasticidad ecológica. Las larvas de primeros instares consumen tejido foliar superficial, pero a medida que avanzan de estadio se introducen en el cogollo, destruyen el meristemo y generan perforaciones profundas que comprometen la emisión de hojas y la futura formación de la espiga, con efectos irreversibles sobre el potencial de rendimiento. En maíces de temporal, las pérdidas pueden oscilar entre 15 y 35 % cuando la infestación supera 30 % de plantas dañadas en V3–V6, mientras que en sistemas de alto insumo, con densidades de 75.000–85.000 plantas/ha, se han documentado mermas superiores a 1,5 t/ha cuando el control se retrasa más de 5 días tras la detección de daño fresco.

La relevancia de S. frugiperda se acentúa por su creciente resistencia a insecticidas y a eventos Bt, fenómeno ya confirmado en varias regiones del Bajío y el sureste, donde se han detectado biotipos con menor susceptibilidad a proteínas Cry1F y Vip3A. Esta resistencia obliga a replantear el esquema de control, desplazando el énfasis desde aplicaciones calendarizadas de productos de amplio espectro hacia manejo integrado de plagas (MIP) con monitoreo sistemático, umbrales de acción y rotación de modos de acción. La sincronización entre la fenología del cultivo y los picos de oviposición es crítica, ya que infestaciones tempranas (V2–V4) en condiciones de estrés hídrico o nutricional amplifican el impacto sobre el índice de área foliar, la intercepción de radiación y, en consecuencia, la tasa de crecimiento del cultivo.

Plagas del elote y del tallo: daño oculto y pérdidas acumulativas

Si el gusano cogollero compromete la estructura vegetativa, el gusano elotero (Helicoverpa zea) ataca directamente la fracción cosechable. Las hembras ovipositan en estigmas y brácteas, las larvas penetran por la punta del elote y consumen granos en formación, generando pérdidas de peso y calidad comercial, además de abrir puertas de entrada a hongos productores de micotoxinas, en particular Fusarium y Aspergillus. En maíces para grano, el daño de H. zea puede reducir el rendimiento entre 5 y 20 %, pero su mayor impacto se observa en maíces eloteros y dulces, donde el rechazo comercial por daño visible supera con frecuencia 30 % de las mazorcas aun con niveles moderados de infestación. En regiones cálidas con siembras escalonadas, la plaga mantiene generaciones traslapadas, lo que exige esquemas de monitoreo continuo desde la emisión de estigmas hasta el llenado de grano.

En paralelo, los barrenadores del tallo como Diatraea lineolata y Ostrinia nubilalis actúan de forma más silenciosa, pero sus consecuencias agronómicas son profundas. Las larvas se introducen en los entrenudos, interrumpen el flujo de fotoasimilados y debilitan la estructura mecánica de la planta, incrementando el acame y las pérdidas en cosecha. La reducción del llenado de grano por interferencia en el transporte de carbohidratos puede ser de 10–25 %, incluso con niveles de infestación que visualmente parecen bajos, ya que el daño interno no siempre se correlaciona con síntomas externos evidentes. Además, los tallos perforados son más susceptibles a infecciones secundarias y a la colonización por hongos toxigénicos, lo que eleva el riesgo de aflatoxinas y fumonisinas en el grano almacenado.

La interacción entre gusano elotero y barrenadores con la fisiología del cultivo se amplifica en sistemas de alto rendimiento, donde la alta densidad y el uso intensivo de nitrógeno generan tejidos más suculentos y atractivos para la oviposición. El manejo agronómico, por tanto, se convierte en una herramienta de supresión ecológica, ajustando fechas de siembra, densidades y fertilización para desfasar el pico de susceptibilidad del cultivo respecto a las curvas poblacionales de las plagas, reduciendo la dependencia de insecticidas de síntesis.

Chupadores, virus y estrés fisiológico

En los últimos años, los pulgones han adquirido mayor relevancia en maíz, no solo por el daño directo, sino por su papel como vectores de virus. Rhopalosiphum maidis y Rhopalosiphum padi colonizan hojas jóvenes y vainas, succionan savia y excretan mielada, que favorece el desarrollo de fumagina y reduce la fotosíntesis efectiva. Sin embargo, el impacto más crítico se relaciona con la transmisión de virus del moteado clorótico y otros patógenos sistémicos que alteran el metabolismo del nitrógeno, la síntesis de clorofila y la eficiencia fotoquímica. En lotes con infestaciones tempranas, la reducción del rendimiento puede superar 30 %, especialmente cuando el estrés hídrico coincide con la fase de expansión foliar rápida, ya que el cultivo pierde capacidad de compensación.

Los trips, aunque tradicionalmente considerados plagas secundarias, han cobrado importancia en escenarios de alta temperatura y baja humedad relativa, condiciones cada vez más frecuentes en zonas de temporal tardío. Especies como Frankliniella williamsi dañan el tejido epidérmico de hojas jóvenes, provocan plateado y necrosis marginal, lo que disminuye la tasa de asimilación neta y predispone a la planta a otros estreses bióticos y abióticos. En plántulas, el daño severo puede retrasar la emergencia uniforme, afectar el índice de área foliar inicial y, en consecuencia, la captación temprana de radiación, etapa clave para definir el número potencial de granos por planta.

La relevancia de estas plagas chupadoras se incrementa por la tendencia a simplificar rotaciones y a expandir monocultivos de gramíneas, que ofrecen hospedantes alternos durante todo el año, y por el uso intensivo de insecticidas de amplio espectro que eliminan enemigos naturales como coccinélidos, crisópidos y parasitoides bracónidos. La ruptura de estos equilibrios biológicos genera escenarios de resurgencia, donde poblaciones de pulgones y trips se disparan tras aplicaciones que, paradójicamente, buscaban reducir la presión de plagas.

Complejos emergentes y estrategias de manejo integrado

Más allá de las plagas clásicas, se observa la consolidación de complejos de daño donde insectos, patógenos y condiciones ambientales interactúan para amplificar las pérdidas. El binomio gusano elotero–hongos toxigénicos es un ejemplo claro, pero fenómenos similares se presentan con gusano cogollero y bacteriosis foliares, o con barrenadores y pudriciones de tallo. En estos escenarios, el rendimiento final no solo depende del nivel de infestación, sino del momento en que ocurre el daño, de la condición fisiológica de la planta y de la capacidad del sistema para amortiguar el estrés.

El manejo moderno de plagas en maíz en México se orienta hacia esquemas de MIP que integran monitoreo, umbrales, control biológico y prácticas culturales. El uso de feromonas sexuales para monitorear poblaciones de Spodoptera y Helicoverpa permite anticipar picos de vuelo y ajustar el momento de aplicación de insecticidas selectivos o bioinsecticidas como Bacillus thuringiensis y virus de la poliedrosis nuclear, mejorando la eficacia y reduciendo el impacto sobre enemigos naturales. En paralelo, la liberación inundativa de Trichogramma spp. para el parasitismo de huevecillos de barrenadores y gusano cogollero ha mostrado reducciones significativas en el número de larvas emergidas, con efectos directos sobre el rendimiento y la estabilidad productiva.

Las decisiones de manejo se complejizan aún más por la variabilidad climática reciente, que altera la fenología de las plagas y desajusta los calendarios tradicionales de control. Años con inviernos más cálidos permiten una mayor supervivencia de pupas en rastrojos y bordes de parcela, incrementando la presión inicial sobre siembras tempranas, mientras que ondas de calor en etapas críticas del cultivo reducen la capacidad de compensación frente al daño foliar o al estrés por succión de savia. En este contexto, la integración de modelos fenológicos y de pronóstico de plagas en plataformas digitales de apoyo a la decisión se vuelve una herramienta estratégica para reducir pérdidas y optimizar el uso de insumos.

El impacto de las plagas en el rendimiento del maíz mexicano no se expresa solo en toneladas por hectárea, sino en la estabilidad interanual y en la calidad del grano, aspectos cruciales para la rentabilidad y para el acceso a mercados exigentes en límites de micotoxinas. Una parcela que pierde 1,0–1,5 t/ha por daño de gusano cogollero o elotero no solo reduce su ingreso inmediato, también incrementa costos de secado, selección y manejo poscosecha, y puede ver restringido su destino a ciertos canales comerciales. Por ello, la sanidad vegetal basada en el manejo racional de plagas se convierte en un componente central de la intensificación sostenible del maíz, articulando genética, agronomía y ecología de poblaciones para sostener rendimientos altos y estables en un entorno productivo cada vez más desafiante.

Enfermedades

La sanidad vegetal del maíz en México está condicionada por un mosaico de patógenos que interactúan con sistemas de producción cada vez más intensivos, materiales genéticos contrastantes y un clima más variable. Las enfermedades ya no pueden verse como eventos aislados, sino como componentes estructurales del rendimiento, capaces de desplazar la productividad potencial en 20–60 % según el nivel de presión y la oportunidad del manejo. Entender su dinámica no solo permite reducir pérdidas, también redefine qué significa un cultivo “sano” en un contexto de alta demanda productiva.

Complejo de tizones foliares: erosión silenciosa del área fotosintética

Entre las enfermedades foliares, los tizones representan la principal causa de reducción del índice de área foliar y, por tanto, del llenado de grano. El tizón común causado por Exserohilum turcicum y el tizón sureño provocado por Bipolaris maydis dominan en zonas de temporal y riego del Bajío, El Bajío extendido y Valles Altos, con incidencia creciente en siembras tardías. En ambientes húmedos y temperaturas de 18–27 °C, estos patógenos colonizan el dosel medio y superior justo antes de floración, lo que desplaza el balance fuente–demanda de carbohidratos en etapas críticas.

Los ensayos recientes en híbridos comerciales en Valles Altos han mostrado reducciones de 0.8–2.5 t/ha cuando la severidad del tizón común supera 40 % de área foliar afectada al estadio R3, mientras que en el sureño las pérdidas pueden ser mayores en materiales con antecedentes de susceptibilidad a la mancha de asfalto. La interacción entre susceptibilidad genética, densidad de siembra elevada y fertilización nitrogenada alta genera un microclima de dosel denso, con mayor duración de mojado foliar, que amplifica la esporulación y la eficiencia de infección.

Este complejo de tizones se vuelve más relevante porque altera la respuesta a otros estreses, por ejemplo, reduce la eficiencia en el uso del nitrógeno y aumenta la vulnerabilidad a acame por debilitamiento del tallo, ya que el cultivo moviliza reservas estructurales para compensar la menor fotosíntesis. La capacidad de los productores para sostener rendimientos por arriba de 10 t/ha en riego depende, en gran medida, de mantener la integridad foliar del tercio superior durante el llenado, por lo que la tolerancia al tizón se ha vuelto un criterio de selección tan importante como el potencial de rendimiento per se.

Mancha de asfalto y enfermedades emergentes: el peso del clima y la intensificación

La mancha de asfalto (Phyllachora maydis asociada a complejos con Monographella maydis y otros hongos) ha pasado en menos de una década de ser una curiosidad fitopatológica a una de las enfermedades más temidas en regiones de clima templado-húmedo del centro y sur de México. Su capacidad para colonizar rápidamente grandes superficies foliares, aun en materiales con cierta tolerancia a tizones clásicos, ha obligado a replantear los esquemas de manejo, ya que los fungicidas de uso rutinario muestran eficacia variable y la epidemiología del patógeno responde de forma muy sensible a la frecuencia de lluvias y neblinas.

En escenarios de alta presión, se han documentado pérdidas superiores a 30 % en rendimientos esperados de 9–11 t/ha, con casos extremos que superan 50 % cuando la infección ocurre antes de floración y se combina con estrés hídrico posfloración. La enfermedad compromete la conductancia estomática, reduce la tasa de asimilación neta y acelera la senescencia foliar, lo que acorta la duración efectiva del llenado de grano y desplaza el peso de mil granos hacia valores menores, incluso cuando la población de plantas se mantiene intacta.

Este patrón se alinea con un fenómeno más amplio: la emergencia o reemergencia de enfermedades favorecidas por la intensificación del cultivo, la siembra continua de maíz en el mismo lote y el uso masivo de híbridos genéticamente emparentados. La homogeneidad genética, combinada con calendarios de siembra muy concentrados, facilita la sincronía entre la fase susceptible del cultivo y los picos de inóculo, lo que convierte a regiones enteras en paisajes epidemiológicos continuos, donde el control local pierde efectividad si no se acompaña de estrategias regionales de manejo integrado de enfermedades.

Roya común, pudriciones de tallo y enfermedades de mazorca: el rendimiento como función de la integridad estructural

La roya común (Puccinia sorghi) suele considerarse una enfermedad secundaria en muchos sistemas de producción, sin embargo, en altitudes superiores a 2,000 m y ciclos de siembra tardíos, su incidencia se incrementa y puede interactuar con tizones para agravar la pérdida de área fotosintética. Aunque las pérdidas directas rara vez superan 10–15 % en materiales modernos, la roya funciona como un indicador de desequilibrio en el manejo, especialmente cuando se combinan altas densidades con nutrición desbalanceada, en particular deficiencias de potasio y micronutrientes que debilitan la resistencia basal de la planta.

Más determinantes en términos de estabilidad del rendimiento son las pudriciones de tallo, principalmente por Fusarium spp., Macrophomina phaseolina y Stenocarpella maydis. Estas enfermedades operan como una “segunda ola” patogénica, muchas veces precedida por estrés foliar o hídrico, que compromete la integridad mecánica del tallo y la continuidad del flujo de fotoasimilados hacia la mazorca. En condiciones de estrés térmico y déficit hídrico posfloración, la incidencia de pudriciones de tallo puede superar 40 % de plantas afectadas, con pérdidas de 1.5–3.0 t/ha asociadas a acame y llenado incompleto.

El impacto no se limita al volumen cosechado, también afecta la calidad fisiológica del grano y su capacidad de almacenamiento, al aumentar la proporción de granos dañados y con menor peso específico. Este deterioro abre la puerta a las enfermedades de mazorca por Fusarium verticillioides, Aspergillus flavus y Stenocarpella maydis, que además de reducir el rendimiento comercializable, incrementan el riesgo de micotoxinas como fumonisinas y aflatoxinas, con implicaciones directas en inocuidad para consumo humano y pecuario.

En regiones tropicales y subtropicales, la combinación de alta humedad relativa durante la floración y periodos de lluvia cercanos a la cosecha favorece la colonización de mazorcas, sobre todo en materiales con pobre cobertura de brácteas o con sincronía deficiente entre emisión de estigmas y liberación de polen, lo que deja granos expuestos. Se han observado reducciones de hasta 25 % en rendimiento comercializable cuando más de 30 % de mazorcas presenta pudrición avanzada, aun cuando el rendimiento biológico potencial se mantenga cercano al esperado.

Estrés radicular, complejos de suelo y redefinición del potencial productivo

Por debajo de la superficie, las enfermedades radiculares constituyen un componente subestimado de la brecha entre rendimiento observado y rendimiento potencial. Patógenos como Pythium spp., Rhizoctonia solani y complejos de Fusarium afectan la emergencia, el desarrollo temprano del sistema radical y la capacidad de exploración del perfil de suelo, lo que condiciona la respuesta del cultivo a la fertilización y al agua disponible. En suelos con drenaje deficiente o compactación, la incidencia de damping-off y necrosis radicular temprana se traduce en desuniformidad de población y variabilidad intra-parcela del rendimiento.

Esta desuniformidad tiene un efecto multiplicador, ya que las plantas retrasadas no solo rinden menos, también modifican el microclima del dosel, alteran la distribución de luz y generan focos de inóculo para enfermedades foliares tardías. El rendimiento promedio de un lote puede reducirse 10–20 % sin que exista una epidemia evidente, simplemente por la suma de pequeños fallos fisiológicos inducidos por patógenos de suelo, que limitan el desarrollo radicular y la capacidad de sostener una alta tasa de transpiración en etapas críticas.

En sistemas de alta productividad, donde se aspira a rendimientos superiores a 12 t/ha, el límite ya no está solo en la genética o la fertilización, sino en la capacidad del sistema radical para soportar la demanda de agua y nutrientes sin colapsar bajo presión patogénica. La integración de prácticas como rotaciones con especies no hospedantes, manejo de residuos, mejoramiento de estructura del suelo y uso selectivo de tratamientos de semilla con fungicidas de amplio espectro se vuelve un componente central del manejo sanitario, no un complemento opcional.

La consecuencia práctica de todo este entramado patogénico es que el rendimiento esperado del maíz en México debe entenderse como un intervalo condicionado por la presión de enfermedades y la eficacia del manejo, no como un valor fijo. Un mismo híbrido, con idéntica fertilización y manejo de riego, puede oscilar entre 6 y 12 t/ha dependiendo de si las enfermedades foliares, de tallo, mazorca y raíz se mantienen en niveles subclínicos o alcanzan umbrales epidémicos. La sanidad vegetal deja de ser una variable de corrección y se convierte en el eje que define cuánto del potencial genético se traduce en grano cosechado.

Malezas

La sanidad vegetal del maíz en México está condicionada, de manera silenciosa pero decisiva, por la presión de malezas altamente adaptadas a los sistemas de producción nacionales. En muchas regiones, el impacto de estas especies sobre el rendimiento supera al de varias plagas y enfermedades juntas, porque compiten desde las primeras etapas fenológicas del cultivo, alteran la dinámica de nutrientes y agua, y modifican la estructura del dosel, con efectos acumulativos sobre la eficiencia fotosintética y el índice de cosecha. Entender qué malezas dominan los agroecosistemas de maíz y cómo interactúan con el manejo agronómico permite explicar por qué, aun con híbridos de alto potencial, los rendimientos promedio nacionales se mantienen por debajo de lo esperable.

Complejo de malezas predominantes en maíz de temporal y riego

En el maíz de temporal del Altiplano y Valles Altos, el complejo de malezas de hoja ancha y gramíneas anuales domina los primeros 60 días del ciclo, periodo crítico para la definición del número de granos. Especies como Amaranthus hybridus y Amaranthus palmeri se han consolidado como malezas clave por su alta tasa de crecimiento relativo, su capacidad de producir más de 200,000 semillas por planta y su plasticidad frente a densidades variables del cultivo, lo que les permite cerrar el dosel antes que el maíz si la siembra se retrasa o la emergencia es desuniforme. En paralelo, gramíneas como Echinochloa crus-galli y Setaria viridis se integran en los primeros estratos del suelo sembrado, aprovechando la humedad residual y la fertilización de fondo.

En zonas de riego del Bajío, La Laguna y Norte-Centro, el escenario se complica con la presencia de Sorghum halepense y Cynodon dactylon, malezas perennes con estructuras subterráneas (rizomas y estolones) que resisten labores mecánicas superficiales y sobreviven a periodos de barbecho. Estas especies, al emerger de reservas ya formadas, logran una ventaja competitiva frente al maíz recién germinado, capturando nitrógeno y fósforo de manera más eficiente en las primeras semanas, lo que reduce el vigor inicial del cultivo y acentúa la desigualdad de alturas dentro del lote. Cuando se combinan con Cyperus esculentus en suelos con mal drenaje, el sistema radicular del maíz se ve confinado a estratos menos favorables, con impacto directo sobre la tolerancia a sequía intermitente.

En regiones tropicales y subhúmedas, como el sureste y partes de la Huasteca, se suman malezas agresivas como Rottboellia cochinchinensis, Digitaria insularis y Bidens pilosa, que prosperan en esquemas de rotación limitada y labranza reducida. Rottboellia, en particular, genera una sombra densa y persistente, reduciendo la radiación fotosintéticamente activa que llega al maíz en etapas V4–V8, lo que se traduce en tallos más delgados, menor área foliar efectiva y una mayor susceptibilidad al acame bajo vientos fuertes y suelos saturados.

Impacto cuantitativo en el rendimiento y en la fisiología del cultivo

La competencia por recursos entre maíz y malezas no se distribuye de manera uniforme a lo largo del ciclo, se concentra en la ventana crítica de interferencia, que en la mayoría de los sistemas mexicanos se ubica entre V2 y V8, con ligeras variaciones según híbrido, densidad de siembra y disponibilidad hídrica. Estudios recientes en maíz de temporal han documentado pérdidas de rendimiento de 35 a 55 % cuando se permite la presencia de malezas durante todo el ciclo, mientras que la eliminación efectiva en los primeros 40 días puede reducir esas pérdidas a menos de 10 %. En sistemas de alto rendimiento bajo riego, con densidades superiores a 80,000 plantas/ha, la interferencia de malezas agresivas como Amaranthus palmeri o Sorghum halepense desde la emergencia hasta V6 ha provocado reducciones de hasta 2.5 t/ha respecto a parcelas mantenidas libres de maleza en el mismo periodo.

El mecanismo fisiológico detrás de estas pérdidas combina varios procesos simultáneos. Primero, la competencia por radiación: malezas de rápido crecimiento vertical superan la altura del maíz en etapas tempranas, modifican el índice de área foliar (IAF) y reducen la eficiencia de uso de la luz en las hojas basales del cultivo, que son críticas para sostener el crecimiento inicial de raíces y tallos. Segundo, la competencia por nitrógeno y fósforo, donde gramíneas como Echinochloa crus-galli y Digitaria sanguinalis muestran una mayor afinidad por nitratos a bajas concentraciones, lo que desplaza al maíz en suelos con fertilización insuficiente o mal incorporada. Tercero, la competencia por agua, particularmente relevante en temporal, donde la extracción temprana de humedad por malezas profundas como Sorghum halepense reduce la disponibilidad de agua en el periodo de floración, etapa altamente sensible al estrés hídrico.

Además de la competencia directa, las malezas alteran el microclima del dosel y la dinámica de enfermedades. Poblaciones densas de hoja ancha incrementan la humedad relativa en la base de las plantas, favoreciendo la incidencia de tizones foliares y pudriciones de tallo, mientras que la presencia de hospederos alternos para patógenos y vectores (por ejemplo, Bidens pilosa para ciertos virus transmitidos por insectos) amplifica la presión de inóculo en el sistema. Este efecto indirecto se traduce en una reducción adicional del rendimiento, difícil de cuantificar pero evidente en lotes con manejo deficiente de malezas y alta variabilidad sanitaria.

Evolución de resistencia y desafíos en el control químico

La dependencia histórica de herbicidas de amplio espectro ha generado una presión de selección intensa sobre las poblaciones de malezas en maíz. En México se han documentado biotipos de Amaranthus palmeri y Amaranthus hybridus con resistencia múltiple a glifosato, inhibidores de ALS y, en algunos casos, a inhibidores de PPO, lo que reduce de manera drástica las opciones de control químico efectivo y económico. De forma paralela, Digitaria insularis y Sorghum halepense han mostrado resistencia creciente a glifosato en regiones con uso intensivo de este herbicida en barbechos químicos y sistemas de siembra directa, lo que transforma a estas especies en problemas perennes difíciles de erradicar.

La resistencia no solo incrementa los costos de producción, al requerir mezclas de herbicidas con diferentes sitios de acción y aplicaciones secuenciales, también modifica la estructura de las comunidades de malezas, favoreciendo la dominancia de especies tolerantes o resistentes, que ocupan nichos ecológicos dejados por especies susceptibles. Este reacomodo comunitario obliga a replantear los calendarios de aplicación, la selección de ingredientes activos y la integración con prácticas culturales como la rotación de cultivos, el uso de coberturas vegetales y la labranza estratégica. En sistemas donde se ha mantenido el mismo esquema herbicida por más de cinco años consecutivos, la presión de selección se manifiesta en incrementos rápidos en la frecuencia de biotipos resistentes, con consecuencias visibles en la pérdida de eficacia de productos que antes controlaban más del 90 % de la infestación.

Frente a este escenario, el concepto de manejo integrado de malezas (MIM) adquiere relevancia operativa, no solo como principio teórico. La combinación de densidades de siembra ajustadas para cerrar más rápido el dosel, fechas de siembra que evitan la coincidencia con picos de emergencia de malezas clave, fertilización localizada que favorece al maíz sobre las malezas y el empleo selectivo de herbicidas con rotación de modos de acción, permite reducir la presión de selección y mantener las poblaciones de malezas por debajo de umbrales económicos de daño. Sin embargo, la adopción de estos esquemas requiere información local precisa sobre la banco de semillas de malezas y su dinámica de emergencia, así como monitoreo sistemático de la eficacia de los tratamientos.

Consideraciones regionales y estrategias de mitigación del impacto

La heterogeneidad agroecológica de México impone que el manejo de malezas en maíz se diseñe con un enfoque regionalizado. En el Altiplano, donde predominan suelos de textura media y ciclos de temporal con lluvias concentradas, la prioridad recae en controlar gramíneas anuales y Amaranthus durante los primeros 45 días, mediante combinaciones de herbicidas preemergentes (como inhibidores de la síntesis de ácidos grasos de cadena muy larga) con postemergentes selectivos, complementados con una sola labor mecánica dirigida a entre surcos cuando las condiciones de humedad lo permiten. En estas zonas, mantener el cultivo libre de malezas hasta V8 suele ser suficiente para evitar pérdidas superiores a 15 %, incluso en años con alta presión de infestación.

En contrastre, en sistemas de riego con presencia de malezas perennes, la estrategia debe extenderse más allá de la ventana crítica, enfocándose en el agotamiento de rizomas y estolones mediante rotaciones con cultivos competitivos (como forrajes perennes o cereales de invierno), aplicaciones dirigidas en barbecho y, cuando es viable, labranza profunda ocasional para fragmentar y exponer estructuras subterráneas a condiciones desfavorables. Aquí, el impacto en rendimiento no solo depende de la competencia en el ciclo actual, sino de la acumulación de estructuras vegetativas que condicionan la infestación futura, de modo que el horizonte de planeación debe abarcar al menos dos o tres ciclos agrícolas.

En ambientes tropicales, donde la presión de malezas es prácticamente continua por la ausencia de invierno frío, las estrategias de cobertura permanente del suelo con especies de servicio, la reducción de espacios desnudos después de la cosecha y el manejo cuidadoso de la fertilización nitrogenada son determinantes para limitar la proliferación de especies como Rottboellia cochinchinensis y Digitaria insularis. La introducción de maíces más competitivos, con arquitectura foliar que cierre el entresurco más rápido y raíces más agresivas, se perfila como una herramienta complementaria, ya que la genética del cultivo también puede contribuir a reducir la ventaja ecológica de las malezas dominantes y, con ello, mitigar su impacto sobre el rendimiento esperado.

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