Manejo agronómico del cultivo de maíz

Dominar el manejo agronómico del maíz implica comprender la interacción dinámica entre genotipo, ambiente y manejo, donde la elección del híbrido, su densidad de siembra y la arquitectura del dosel determinan la eficiencia en el uso de radiación, agua y nitrógeno, así, la calibración de la fecha de siembra según suma térmica y fotoperiodo reduce riesgos de estrés hídrico en floración, mientras que la estratificación de la fertilización, con énfasis en nitrógeno y zinc, maximiza la partición hacia el grano.
Este enfoque integrado exige monitorear el estado nutricional con sensores ópticos y análisis foliares, ajustar el riego según coeficientes de cultivo dinámicos y manejar malezas con rotación de mecanismos de acción para retrasar resistencias, además, la gestión de residuos y la siembra directa modulan la biología del suelo, estabilizan la materia orgánica y amortiguan variaciones térmicas, creando un sistema más resiliente frente a eventos climáticos extremos y a presiones bióticas emergentes.
Material vegetal y establecimiento del cultivo
La elección del material vegetal en maíz determina la arquitectura del sistema productivo mucho antes de que la semilla toque el suelo, porque condiciona el potencial de rendimiento, la estabilidad frente a estrés y la eficiencia en el uso de insumos. No se trata solo de escoger entre híbridos o variedades de polinización libre, sino de alinear el genotipo con un ambiente específico, un paquete tecnológico y un objetivo económico concreto, de modo que la interacción genotipo–ambiente–manejo (G×E×M) juegue a favor del productor y no en su contra.
Criterios técnicos para la elección de la variedad
El primer filtro es la adaptación agroclimática, que se define por la suma de grados día de desarrollo (GDD), la duración del ciclo y la respuesta fotoperiódica. En zonas de riego del Bajío o del noroeste, con estaciones de crecimiento largas y acumulaciones térmicas elevadas, los híbridos de ciclo intermedio a largo, con alto índice de cosecha y buena tolerancia a altas densidades, maximizan el rendimiento potencial, mientras que en Valles Altos, con heladas tempranas y ventanas de siembra estrechas, los materiales precoces con rápida acumulación de materia seca y buen llenado de grano bajo noches frías son estratégicos, aunque su techo de rendimiento absoluto sea menor.
Sobre esta base térmica se superpone la disponibilidad hídrica, que en México es el factor más limitante en más de la mitad de la superficie maicera de temporal. En ambientes con precipitaciones erráticas o con suelos de baja capacidad de retención, los materiales con tolerancia a sequía y rasgos como sistema radicular profundo, cierre estomático eficiente y mantenimiento de área foliar verde durante el llenado (stay-green) sostienen el rendimiento cuando las lluvias se retrasan o se interrumpen, además, su respuesta a la fertilización nitrogenada suele ser más estable, reduciendo el riesgo de pérdidas económicas por variabilidad climática intra e interanual.
La presión de plagas y enfermedades define un segundo eje de selección, menos visible pero igual de determinante. En regiones con alta incidencia de tizón foliar, roya común, mancha de asfalto o complejos de Fusarium y Aspergillus en mazorca, la elección de híbridos con resistencia genética específica reduce la necesidad de fungicidas y la contaminación por micotoxinas, lo que protege el rendimiento y la inocuidad del grano, mientras que en zonas con presencia de Spodoptera frugiperda durante todo el ciclo, los eventos biotecnológicos con proteínas Bt siguen siendo una herramienta eficaz, siempre que se acompañen de refugios estructurados y monitoreo de resistencia.
El tercer criterio es la arquitectura de planta y respuesta a la densidad, que se traduce en la capacidad de un material para aprovechar el espacio y la radiación incidente. Híbridos modernos con porte intermedio, inserción de mazorca media, ángulo foliar erecto y buena tolerancia al acame permiten densidades de 70,000–90,000 plantas/ha en riego y 55,000–70,000 plantas/ha en temporal de buen potencial, mientras que materiales criollos y variedades de polinización libre, con mayor variabilidad en altura y diámetro de tallo, suelen requerir densidades más bajas para evitar competencia excesiva por luz y nutrientes.
En paralelo, los requerimientos de calidad orientan la selección hacia tipos específicos de grano. Para grano blanco de consumo humano, la dureza, la proporción de endospermo vítreo y el comportamiento en nixtamalización son críticos, mientras que para forraje y ensilaje interesan más el contenido de materia seca, la digestibilidad de fibra detergente neutro y la relación hoja:tallo:mazorca, lo que lleva a elegir híbridos forrajeros o de doble propósito con alta biomasa y buena sincronía entre floración masculina y femenina, para asegurar una adecuada proporción de grano en el ensilado.
Finalmente, la decisión se modula por la estrategia de riesgo del productor. En contextos con alta incertidumbre climática y financiera, la diversificación de materiales, combinando uno o dos híbridos de alto potencial con una variedad más rústica y estable, distribuidos en fechas de siembra ligeramente escalonadas, amortigua pérdidas catastróficas y permite aprovechar mejor las ventanas climáticas favorables.
Calidad de la semilla y preparación del lote
Una vez definido el tipo de material, la calidad fisiológica y sanitaria de la semilla se vuelve el punto crítico. Lotes con poder germinativo menor a 85–90 % o con vigor reducido comprometen la uniformidad de emergencia, lo que genera plantas dominadas y dominantes, floraciones desfasadas y pérdidas de rendimiento difíciles de corregir con manejo posterior, por ello, la certificación, el análisis de germinación y vigor, y la verificación de pureza varietal y genética son pasos obligados, no trámites administrativos.
La semilla debe estar protegida frente a patógenos de suelo y plagas tempranas mediante tratamientos fungicidas e insecticidas de espectro ajustado al historial del lote, sin sobredosificar ni mezclar productos incompatibles que afecten la viabilidad, además, el uso de bioestimulantes y microorganismos benéficos (como Trichoderma o Bacillus) en el recubrimiento de la semilla muestra resultados promisorios en la mejora del vigor inicial y la supresión biológica de enfermedades, siempre que se integren en esquemas de manejo validados localmente.
La preparación del terreno debe responder a las características físicas del suelo y al sistema de labranza elegido. En labranza convencional, el objetivo es lograr un lecho de siembra firme en el fondo y suelto en la superficie, con buena capacidad de infiltración y sin terrones que impidan el contacto semilla–suelo, mientras que en siembra directa o labranza de conservación, el reto es manejar adecuadamente los residuos de cosecha para evitar taponeos en la sembradora y asegurar una distribución uniforme de rastrojo que proteja el suelo sin obstaculizar la emergencia, lo que exige calibrar profundidad de corte de discos, presión de ruedas tapadoras y peso sobre los cuerpos de siembra.
En ambos casos, la corrección previa de limitantes químicas como acidez extrema, salinidad o deficiencias severas de fósforo y zinc, mediante encalado, aplicación localizada de fertilizantes fosfatados y enmiendas orgánicas, condiciona el éxito del establecimiento, ya que las raíces jóvenes son especialmente sensibles a estos factores y su afectación temprana no se compensa con intervenciones tardías.
Siembra, densidad y distribución espacial
El establecimiento correcto del cultivo se resume en lograr una población objetivo uniforme, con plantas vigorosas y bien distribuidas, lo que depende de tres variables: fecha de siembra, densidad y profundidad. La fecha de siembra se define por la coincidencia entre la fase crítica del cultivo (desde 10 días antes de floración femenina hasta 20 días después) y el periodo de mayor disponibilidad hídrica y temperaturas óptimas, por lo que en temporal se busca sincronizar la siembra con el inicio estable de lluvias, evitando tanto siembras sobre suelos secos como retrasos que expongan la floración a estrés hídrico terminal o heladas tempranas.
La densidad de población debe ajustarse al potencial hídrico y nutricional del lote, al tipo de material y al objetivo productivo. En riego con fertilización balanceada, los híbridos modernos pueden sostener densidades elevadas con incrementos lineales de rendimiento hasta un umbral cercano a 85,000–90,000 plantas/ha, mientras que en temporal de mediano potencial, densidades de 55,000–65,000 plantas/ha suelen equilibrar el uso del agua con la estabilidad del rendimiento, evitando el aborto de mazorcas y el aumento de plantas estériles.
La distribución espacial de las plantas, ya sea en surcos a 0.75 m, 0.80 m o 0.90 m, con distancias intrafila calculadas para lograr la población deseada, impacta la captación de radiación, la aireación del follaje y la eficiencia de control de malezas. La tendencia hacia marcos más estrechos en sistemas intensivos busca cerrar el dosel más rápido, reduciendo la competencia de malezas y mejorando el índice de área foliar en etapas tempranas, aunque exige sembradoras bien calibradas y suelos con buena capacidad de soporte para evitar compactación en el paso de maquinaria.
La profundidad de siembra se ajusta a la textura del suelo y a la humedad disponible, manteniéndose usualmente entre 4 y 6 cm en suelos medianos, con siembras ligeramente más profundas en suelos arenosos para acceder a humedad, y más superficiales en arcillas pesadas para evitar hipoxia y costras que dificulten la emergencia, además, la velocidad de avance de la sembradora debe permitir una colocación precisa de semilla y fertilizante, evitando rebotes y variaciones de profundidad que generen emergencias desfasadas.
Interacción del establecimiento con el manejo posterior
El establecimiento no se agota en la siembra, sino que condiciona la respuesta del cultivo al manejo subsecuente. Una población uniforme facilita la aplicación eficiente de fertilización nitrogenada en cobertura, ya que la demanda por planta es homogénea y la sincronía entre oferta de nitrógeno y absorción radicular mejora, reduciendo pérdidas por lixiviación o volatilización, mientras que lotes con fallas de población o dobles siembras presentan variabilidad en el desarrollo fenológico que complica el momento óptimo de aplicaciones y el control de malezas.
El diseño espacial del cultivo influye también en la dinámica de plagas y enfermedades, ya que densidades excesivas y mala aireación favorecen microclimas húmedos en el dosel que incrementan la severidad de enfermedades foliares y de mazorca, en tanto que poblaciones bien ajustadas, con buena penetración de luz y circulación de aire, reducen la duración del follaje mojado y la presión de inóculo, lo que permite que la resistencia genética de los materiales se exprese plenamente.
Finalmente, la elección del material vegetal y el cuidado en el establecimiento abren la puerta a estrategias de intensificación sostenible, como la integración de cultivos de cobertura, la reducción de laboreo y el manejo sitio-específico de nutrientes y densidad, que dependen de un sistema radicular robusto, una arquitectura de planta adecuada y una población uniforme para maximizar la eficiencia del agua y de los insumos, por lo que cada decisión tomada antes de la siembra se proyecta sobre todo el ciclo productivo y sobre la resiliencia del sistema maicero frente a un clima cada vez más variable.
Claves del desarrollo vegetativo
El desarrollo vegetativo del maíz define, en gran medida, el potencial de rendimiento que se expresará en floración y llenado de grano, porque en estas primeras fases se construye el andamiaje fisiológico que sostendrá la producción, desde la emisión de raíces nodales y hojas funcionales hasta la diferenciación de primordios de espiga y mazorca. Por eso, el manejo del riego, la nutrición mineral y las labores culturales entre V2 y V12 no puede entenderse como un conjunto de prácticas aisladas, sino como un sistema de decisiones que modula la arquitectura de la planta, la eficiencia fotosintética y la estabilidad del cultivo frente al estrés.
Manejo del riego en la fase vegetativa
Durante las etapas vegetativas tempranas, el maíz muestra una sensibilidad particular al déficit hídrico en el perfil superficial, porque el sistema radical aún es poco profundo y depende de la humedad en los primeros 30-40 cm del suelo, así, la estrategia de riego debe priorizar la estabilidad de la humedad en esa franja, evitando tanto el encharcamiento como los ciclos de secado severo que reducen el crecimiento radicular y la emisión de hojas. En sistemas de riego por gravedad, esto implica láminas moderadas y frecuentes en suelos ligeros, mientras que en suelos de mayor capacidad de campo se recomiendan intervalos algo más amplios pero con un seguimiento estrecho de la evapotranspiración de referencia (ETo) y del coeficiente de cultivo (Kc), que en V6-V10 suele oscilar entre 0.5 y 0.7 según la cobertura del dosel.
La adopción de riego presurizado (goteo o aspersión) permite un control más fino del suministro hídrico, sobre todo cuando se integra con sensores de humedad y modelos de balance de agua en el suelo, lo que facilita mantener el potencial hídrico del suelo en rangos que sostienen una tasa de asimilación de CO₂ cercana al máximo del híbrido, sin inducir estrés oxidativo ni lixiviación de nutrientes móviles como el nitrato. En goteo, la frecuencia alta con láminas pequeñas favorece un bulbo húmedo estable que estimula el crecimiento continuo de raíces finas, lo que incrementa la exploración del volumen de suelo y mejora la absorción de nitrógeno (N) y potasio (K) durante V6-V12.
La sincronía entre riego y fertilización, sin embargo, introduce un matiz adicional, porque el agua no solo hidrata el tejido sino que transporta nutrientes y regula su disponibilidad, por ello, un exceso de riego en V4-V8, cuando la demanda de N aún es moderada, puede arrastrar nitratos a profundidades no exploradas por las raíces, mientras que un déficit en V8-V12 reduce la expansión foliar y limita la capacidad de la planta para aprovechar el N disponible. La clave es ajustar el riego al ritmo de crecimiento del índice de área foliar (IAF), manteniendo el suelo cercano a capacidad de campo y evitando descensos por debajo de 50-60 % de agua disponible en el horizonte donde se concentra la mayor densidad radicular.
Nutrición y fertilización durante el desarrollo vegetativo
La nutrición del maíz en la fase vegetativa se organiza alrededor de tres ejes: el suministro de N para sostener la expansión foliar y la síntesis de clorofila, la provisión temprana de fósforo (P) para el desarrollo radicular y la diferenciación de estructuras reproductivas, y el aporte adecuado de K para regular la apertura estomática y la turgencia celular, sobre todo bajo condiciones de alta radiación y temperatura. La curva de absorción de N muestra un incremento acelerado a partir de V6, alcanzando entre 60 y 70 % del N total absorbido antes de VT, lo que justifica una estrategia de fertilización fraccionada, con aplicaciones de base y una o dos coberteras sincronizadas con V4-V6 y V8-V10.
En suelos mexicanos de textura media con contenidos de materia orgánica por debajo de 2 %, las dosis totales de N para maíz de alto rendimiento suelen situarse entre 180 y 260 kg N/ha, ajustadas según rendimiento objetivo, mineralización esperada y aportes de fertilización orgánica, sin embargo, la eficiencia de uso del N depende más del momento, la forma y el método de aplicación que de la dosis absoluta. La colocación localizada a 5 cm lateral y 5 cm por debajo de la semilla en la siembra, combinando fosfato monoamónico (MAP) o fosfato diamónico (DAP) con una fracción de N amoniacal, mejora la disponibilidad de P en la rizosfera temprana y reduce la fijación en suelos con altos contenidos de calcio o hierro.
El fósforo, aunque absorbido en menor cantidad que el N, ejerce un control desproporcionado sobre el vigor inicial, la longitud de raíces y la precocidad de la floración, por lo que su manejo en el desarrollo vegetativo no se limita a la dosis (típicamente 40-80 kg P₂O₅/ha en sistemas intensivos), sino a la estrategia de colocación y a la corrección del pH del suelo cuando se sitúa fuera del rango 5.8-7.2. En ambientes de temporal fresco, la baja temperatura del suelo en las primeras semanas reduce la difusión de P, de modo que la banda cercana a la semilla y el uso de fuentes parcialmente acidificantes, junto con inoculantes de hongos micorrízicos arbusculares, puede mejorar la absorción temprana y acelerar el cierre del entresurco.
El potasio, por su parte, adquiere relevancia en suelos arenosos o degradados, donde los niveles intercambiables se han reducido por extracción continua sin reposición adecuada, en estos casos, dosis de 60-120 kg K₂O/ha, aplicadas principalmente al voleo antes de la siembra o en banda profunda, contribuyen a sostener la conductancia estomática y la eficiencia en el uso del agua en fases vegetativas de rápido crecimiento. Además, el K interactúa con el N en la regulación del transporte de fotoasimilados, por lo que un desbalance N alto / K bajo en V8-V12 favorece tejidos más suculentos y susceptibles a acame y enfermedades foliares.
Más allá de los macronutrientes, el desarrollo vegetativo responde de forma marcada a la disponibilidad de zinc (Zn), azufre (S) y, en ciertos suelos, magnesio (Mg), siendo el Zn crítico en la síntesis de auxinas y en la expansión foliar, mientras que el S participa en la formación de aminoácidos esenciales, en lotes con antecedentes de deficiencia o con análisis de suelo por debajo de los umbrales críticos, la aplicación de 5-10 kg Zn/ha en banda o en fuentes granuladas, y 15-25 kg S/ha como sulfato, puede corregir limitantes que de otro modo se traducirían en menor área foliar y espigas subdesarrolladas. Los tratamientos foliares de micronutrientes, aplicados entre V4 y V8, son una herramienta complementaria cuando la absorción radicular está restringida por condiciones de pH, compactación o baja temperatura.
Labores culturales y su interacción con agua y nutrientes
Las labores culturales durante el desarrollo vegetativo actúan como moduladores físicos y biológicos del entorno de la planta, influyendo de manera directa en la eficiencia del riego y de la fertilización, por ejemplo, el control de malezas en los primeros 30-40 días después de la siembra es determinante, ya que la competencia por luz, agua y nutrientes durante V2-V6 puede reducir el rendimiento final en más de 30 %, incluso si el manejo posterior es óptimo. La combinación de herbicidas preemergentes residuales, ajustados a textura y contenido de materia orgánica, con aplicaciones postemergentes dirigidas y monitoreo continuo, evita ventanas de escape y reduce la presión de selección de biotipos resistentes.
El aporque y la labranza intermedia tienen un papel menos visible pero decisivo en la dinámica de agua y aire en el suelo, el aporque en V6-V8, cuando ya se formaron raíces nodales, mejora la estabilidad mecánica de la planta frente al viento, rompe costras superficiales y, si se realiza con la humedad adecuada, incrementa la infiltración y disminuye la escorrentía en riegos por gravedad o lluvias intensas. A la vez, la labranza intermedia superficial oxigena la zona radicular y puede incorporar fertilizantes de cobertera, reduciendo pérdidas por volatilización en fuentes ureicas, siempre que se evite una perturbación excesiva de las raíces.
En sistemas de siembra directa o labranza de conservación, las labores culturales se reconfiguran, ya que el control mecánico de malezas se reemplaza por estrategias químicas y de manejo de residuos, la cobertura de rastrojo modifica la distribución de la humedad y la temperatura del suelo, lo que altera la cinética de mineralización de N y la dinámica de P disponible, en estas condiciones, el fraccionamiento del N y la colocación en banda cobran aún más relevancia, y la selección de híbridos con arquitectura radical más agresiva puede compensar parcialmente la estratificación de nutrientes en los primeros centímetros del perfil.
La densidad de población y la distribución espacial de las plantas también forman parte de las labores de manejo durante la fase vegetativa, porque determinan la competencia intraespecífica por luz y recursos, una densidad excesiva en ambientes limitados por agua o N induce un cierre temprano del dosel, lo que incrementa la transpiración total del cultivo y agota más rápido las reservas de humedad del suelo, mientras que densidades demasiado bajas desaprovechan la radiación incidente y reducen el índice de cosecha. Ajustar las plantas por metro lineal según el potencial hídrico y nutricional del lote, y corregir fallas de emergencia mediante resiembras tempranas cuando sea viable, contribuye a una distribución uniforme de la demanda de agua y nutrientes durante todo el desarrollo vegetativo.
Finalmente, la integración de monitoreo fisiológico y diagnóstico nutrimental en tiempo real, mediante sensores de clorofila, imágenes multiespectrales o análisis rápidos de savia, permite afinar las decisiones de riego, fertilización y labores culturales, la observación de patrones espaciales de estrés hídrico o deficiencias nutrimentales en V6-V10 ofrece una ventana de intervención que todavía impacta la formación de espigas y mazorcas, de modo que el desarrollo vegetativo deja de ser solo una etapa de crecimiento y se convierte en el periodo estratégico donde se define, con precisión agronómica, el techo productivo del maíz.
Claves del desarrollo reproductivo
El desarrollo reproductivo del maíz concentra la mayor parte del riesgo agronómico y, al mismo tiempo, la mayor capacidad de intervención técnica para sostener el rendimiento. Entre V12 y R3 se define la tasa de aborto de óvulos, el número de granos por mazorca y el peso potencial de cada grano, por lo que el manejo de riego, nutrición y labores culturales debe orientarse a mantener la fotosíntesis efectiva, la integridad del sistema radical y una relación fuente–demanda estable.
Manejo del riego en la fase reproductiva
La sensibilidad del maíz al estrés hídrico alcanza su máximo entre VT y R2, cuando la sincronía entre emisión de estigmas y liberación de polen determina el intervalo antesis–emergencia de estigmas (ASI), un indicador directo del potencial de llenado. En condiciones de temporal, un ASI mayor a 3 días se asocia con fuertes pérdidas de rendimiento, mientras que en riego tecnificado se busca mantenerlo en 0–1 día, lo que exige perfiles de humedad cercanos a la capacidad de campo en los primeros 60 cm del suelo.
En sistemas de riego por gravedad, el criterio más útil es el porcentaje de agotamiento de agua disponible (AD), programando el riego cuando se ha consumido 40–50 % de la AD en suelos de textura media, reduciendo a 30–35 % en suelos arenosos para evitar estrés agudo durante antesis y cuajado. En riego presurizado (goteo o aspersión), la estrategia cambia hacia aportes más frecuentes y de menor lámina, manteniendo la humedad del bulbo entre 70–90 % de la capacidad de campo para sostener un flujo continuo de nutrientes y evitar fluctuaciones térmicas en la rizosfera.
La lámina total de riego requerida entre VT y R3 suele representar 35–45 % del consumo hídrico total del ciclo, dependiendo de la duración de la fase reproductiva del híbrido. En ambientes de alto rendimiento en el Bajío y el noroeste de México, se estiman requerimientos de 180–240 mm en este periodo, con énfasis en tres momentos críticos: preantesis (VT), plena floración (R1) y cuajado temprano (R2). El objetivo no es solo evitar marchitez visible, sino sostener la transpiración máxima compatible con la demanda evaporativa, manteniendo la apertura estomática y la actividad de la nitrato reductasa en hojas.
El manejo del riego debe considerar además la oxigenación del sistema radical, ya que en suelos pesados el exceso de agua durante R1–R2 reduce la respiración de raíces y la absorción de nitrógeno (N) y potasio (K), lo que se traduce en polen menos viable y menor crecimiento de estigmas. Por ello, en suelos arcillosos con baja infiltración conviene usar láminas moderadas con mayor frecuencia, evitando encharcamientos prolongados superiores a 24–36 horas, especialmente en etapas de máxima demanda respiratoria.
Nutrición y fertilización en la etapa reproductiva
El tránsito de la planta hacia la reproducción implica un cambio radical en la asignación de fotoasimilados, pasando de la expansión foliar a la formación de estructuras reproductivas y al llenado de grano, lo que exige una nutrición balanceada y disponible en el momento preciso. Aunque la mayor parte del N, fósforo (P) y K se aplica en etapas vegetativas, la oferta efectiva de nutrientes durante R1–R3 depende de la mineralización del suelo, la humedad y la capacidad de las raíces para seguir explorando el perfil.
El nitrógeno sigue siendo el eje de la nutrición en esta fase, ya que sostiene la síntesis de proteínas en hojas y granos, así como la actividad enzimática vinculada a la fotosíntesis. Para rendimientos superiores a 12 t/ha, se estima que 35–45 % del N total absorbido ocurre después de la floración, lo que justifica esquemas de fraccionamiento con aplicaciones complementarias cercanas a V10–V12 y, en riego presurizado, aportes vía fertirriego hasta R2. El objetivo es mantener concentraciones foliares de N entre 2,7–3,0 % en hoja bandera, reduciendo la senescencia temprana y asegurando una fuente estable de carbohidratos hacia los granos.
El K adquiere un papel crítico en la regulación osmótica, el transporte de azúcares vía floema y la tolerancia a estrés hídrico y térmico, todos factores determinantes en el cuajado y llenado. En híbridos de alto potencial se observan extracciones totales de 25–30 kg K/t de grano, con una parte significativa movilizada durante la fase reproductiva, por lo que su deficiencia se traduce en abortos de grano en la punta de la mazorca y menor peso de mil granos. Mantener niveles de K intercambiable adecuados en suelo y, cuando sea necesario, realizar aplicaciones complementarias en V8–V10 o vía fertirriego en VT–R1, mejora la eficiencia del uso del agua y la estabilidad de la fotosíntesis bajo condiciones de alta demanda evaporativa.
El P, aunque se absorbe principalmente en etapas tempranas, sigue siendo esencial en reproducción por su papel en la energética celular y el desarrollo radicular activo en profundidad, lo que permite sostener la absorción de N y K en condiciones de estrés moderado. En suelos con baja disponibilidad de P, el uso de fertilizantes fosfatados de alta solubilidad ubicados en banda y la inoculación con micorrizas arbusculares o bacterias promotoras del crecimiento contribuyen a una mejor exploración del perfil y a una mayor estabilidad del llenado de grano.
Los micronutrientes cierran el círculo de la nutrición reproductiva, en particular zinc (Zn), boro (B) y magnesio (Mg). El Zn participa en la síntesis de auxinas y en la integridad de las membranas, reduciendo el estrés oxidativo durante olas de calor en floración, mientras que el B interviene en la germinación del polen y el crecimiento del tubo polínico, por lo que deficiencias leves pueden provocar fallas de fecundación incluso con buena disponibilidad de NPK. El Mg, como componente central de la clorofila, sostiene la capacidad fotosintética de la planta madre, evitando el colapso de la fuente durante el llenado.
En sistemas intensivos de riego, la fertirrigación permite ajustar las dosis y momentos de aplicación de N, K y micronutrientes con precisión, adaptándolos a la curva de absorción específica del híbrido y al clima local. La integración de sensores de NDVI, análisis de savia y monitoreo de conductividad eléctrica en solución de suelo facilita correcciones en tiempo real, evitando excesos que comprometan la sanidad radicular o generen pérdidas por lixiviación.
Labores culturales durante el desarrollo reproductivo
Las labores culturales en esta etapa se orientan a proteger la integridad del dosel, optimizar la interceptación de radiación y reducir cualquier factor que compita por recursos o interfiera con la polinización y el llenado de grano. El control de malezas debe estar prácticamente definido antes de VT, ya que la competencia por luz y nutrientes después de floración reduce la tasa de llenado y favorece el sombreo de la base de la planta, lo que afecta la aireación y aumenta la humedad relativa en el dosel, condiciones propicias para enfermedades foliares.
En campos donde la emergencia de malezas tardías es recurrente, puede justificarse un control mecánico superficial o aplicaciones dirigidas de herbicidas selectivos en V10–VT, cuidando no dañar raíces superficiales ni generar estrés adicional en un momento de alta demanda fisiológica. Mantener el entresurco limpio también facilita la ventilación y el acceso para labores de monitoreo de plagas y enfermedades.
El manejo fitosanitario durante reproducción se centra en la protección de hojas superiores, mazorca y tallo, ya que constituyen la base fotosintética y de transporte para el llenado. La presencia de roya común, tizones foliares o manchas necróticas en las tres hojas superiores puede reducir significativamente la tasa de acumulación de materia seca en el grano, por lo que el uso estratégico de fungicidas, biocontroladores y prácticas de manejo de residuos se vuelve una inversión directa en rendimiento. En regiones con alta presión de Fusarium o Aspergillus, la protección de la mazorca en R1–R3 también contribuye a disminuir el riesgo de micotoxinas y pérdidas en calidad.
El control de plagas del elote y del grano en formación, como Helicoverpa zea y Spodoptera frugiperda en fases tardías, requiere decisiones basadas en umbrales económicos y en el estado fenológico, ya que el daño en estigmas, granos lechosos o el raquis de la mazorca tiene un impacto directo en el número y peso de granos. La integración de manejo integrado de plagas (MIP), con liberación de enemigos naturales, uso racional de insecticidas selectivos y monitoreo sistemático, permite reducir la presión sin comprometer la fauna benéfica ni la polinización.
La gestión del dosel incluye además decisiones sobre densidad y uniformidad de población, que aunque se definen en siembra, se manifiestan plenamente en reproducción, donde cualquier desuniformidad en altura o vigor se traduce en competencia desigual por luz y nutrientes. En densidades altas, una arquitectura foliar más erecta y una adecuada distribución espacial reducen el sombreo excesivo y mejoran la eficiencia de uso de la radiación (EUR), lo que se refleja en un llenado más homogéneo.
Finalmente, el manejo de residuos y rastrojo durante la fase reproductiva debe planearse con anticipación, considerando su efecto en la humedad del suelo, la temperatura y la dinámica de patógenos. Una cobertura moderada ayuda a conservar humedad y a amortiguar extremos térmicos, favoreciendo la estabilidad del sistema radical y la absorción de nutrientes, siempre que se mantenga una buena aireación y se evite la acumulación de inóculo en superficie.
La integración coherente de riego, nutrición y labores culturales durante el desarrollo reproductivo del maíz permite sostener un flujo continuo de fotoasimilados hacia la mazorca, minimizar el estrés en los momentos de máxima sensibilidad fisiológica y traducir el potencial genético del híbrido en rendimientos estables y altos, incluso bajo escenarios climáticos más variables.
Indicadores y actividades para la cosecha
La decisión de cosechar maíz no se define por una fecha en el calendario sino por una combinación de indicadores fisiológicos, parámetros de calidad de grano y condiciones operativas que determinan el rendimiento económico final. Un manejo agronómico riguroso exige integrar estas señales en un sistema de decisión que reduzca pérdidas en campo, en cosecha y en almacenamiento, y que al mismo tiempo preserve la calidad industrial o alimentaria del grano según el mercado objetivo.
Indicadores fisiológicos y de madurez del grano
El primer eje de decisión es fisiológico, centrado en la madurez fisiológica del grano, momento en que la acumulación de materia seca se ha completado y el rendimiento potencial deja de aumentar. En maíz, el indicador visual más robusto de este punto es la capa negra en la base del grano, en la inserción con el pedicelo, que se forma por la obstrucción del flujo de fotoasimilados, por lo general cuando la humedad del grano se sitúa entre 30 y 35 %. En condiciones de alto rendimiento y densidades comerciales (65,000-85,000 plantas/ha), este estado suele alcanzarse entre 50 y 60 días después de floración femenina, aunque la variabilidad de híbrido, altitud y temperatura obliga a verificar en campo y no extrapolar calendarios.
Sin embargo, la capa negra por sí sola no define el momento óptimo de cosecha, porque la fisiología del grano y la logística de poscosecha se mueven en tiempos distintos. Una vez alcanzada la madurez fisiológica, el grano entra en una fase de secado natural donde la humedad desciende gradualmente, al principio a razón de 0.5-1.0 % por día en ambientes secos y ventilados, y más lentamente en zonas tropicales húmedas. Desde la perspectiva agronómica, el objetivo es sincronizar este descenso de humedad con la capacidad de cosecha mecánica y de secado artificial, equilibrando costos energéticos y riesgos de pérdidas por acame, hongos y micotoxinas.
La humedad del grano se convierte entonces en el indicador cuantitativo central, tanto para maíz de grano seco como para maíz destinado a ensilaje. Para grano comercial, el rango de cosecha más eficiente se sitúa entre 18 y 24 %, con una ventana óptima alrededor de 20-22 % cuando se dispone de secado artificial y se busca minimizar daños mecánicos, mientras que para almacenamiento directo en condiciones rurales sin secadora se requiere acercarse a 14-15 %, asumiendo mayores riesgos en campo. En maíz para ensilaje, el criterio cambia: se busca una materia seca de planta completa entre 30 y 35 %, lo que suele corresponder a granos en estado pastoso-duro, con la línea de leche aproximadamente a la mitad o dos tercios del grano, indicador que maximiza la digestibilidad de la fibra y la energía del almidón.
Además de la humedad, la integridad de la planta actúa como indicador indirecto pero decisivo, ya que el acame de tallo o raíz, la pudrición de la base y la pérdida de hojas verdes reducen la capacidad de la planta para sostener las mazorcas y exponen el grano a daños y contaminación. En zonas con alta incidencia de Fusarium o Aspergillus, posponer la cosecha más allá de la madurez fisiológica incrementa la probabilidad de micotoxinas, por lo que el indicador sanitario puede adelantar la fecha de cosecha incluso con humedades relativamente altas.
Indicadores de calidad industrial y de mercado
Los indicadores fisiológicos deben dialogar con los requerimientos de la cadena de valor, que definen la calidad aceptable del grano según su destino. En maíz blanco para nixtamalización, por ejemplo, la industria demanda granos con densidad aparente alta, pericarpio íntegro y dureza intermedia a alta, parámetros que se deterioran si la cosecha se retrasa hasta humedades muy bajas en campo, ya que aumentan las fisuras internas y el quebrado durante la trilla. En maíz amarillo para alimento balanceado, la prioridad se desplaza hacia el contenido de almidón y energía metabolizable, tolerando un poco más de daño mecánico, pero manteniendo límites estrictos de humedad y contaminación fúngica.
En ambos casos, la uniformidad de madurez dentro del lote es crítica, porque determina la eficiencia de la cosecha mecánica y la homogeneidad del secado posterior. Lotes con marcada variabilidad en floración por desuniformidad de siembra, fallas de fertilización o estrés hídrico generan mazorcas en diferentes estados de madurez, lo que obliga a compromisos: si se cosecha cuando los granos más adelantados están en 18 %, los más atrasados pueden superar 26 %, aumentando el riesgo de secado deficiente y focos de hongos en almacenamiento. Por ello, la regularidad en la emergencia y el manejo nutricional previo se convierten, indirectamente, en indicadores de la calidad de la cosecha futura.
A estos criterios se suma el contenido de impurezas y material extraño previsto en la operación de cosecha, ya que la configuración de la cosechadora, la velocidad de avance y el estado del cultivo determinan la proporción de hojas, olotes y fragmentos de tallo que acompañan al grano. La industria mexicana de molienda seca y húmeda ha endurecido sus especificaciones en los últimos años, penalizando cargas con más de 2-3 % de impurezas, lo que obliga a ajustar la cosecha no solo por humedad y madurez, sino por la capacidad de limpieza en campo y en planta.
Actividades previas y operativas para la cosecha
Una vez definidos los indicadores de momento óptimo, el manejo agronómico se traduce en una secuencia de actividades operativas que condicionan el resultado final. La primera es el monitoreo sistemático de humedad de grano, que debe iniciar en cuanto se observa la capa negra en una muestra representativa de mazorcas. El uso de medidores portátiles, calibrados para el tipo de grano y la región, permite construir curvas de secado específicas de cada lote, ajustando la programación de cosecha a la realidad climática del ciclo. Este monitoreo debe combinarse con evaluaciones periódicas de acame, pudriciones de mazorca y presencia de insectos, para anticipar pérdidas potenciales.
En paralelo, se realiza la planificación de la logística de cosecha, que incluye la disponibilidad y mantenimiento preventivo de cosechadoras, tolvas, camiones y, cuando existe, la infraestructura de secado y almacenamiento. El dimensionamiento de la capacidad diaria de cosecha, expresada en ha/día o t/día, se cruza con la curva de secado para evitar cuellos de botella que obliguen a cosechar con humedades extremas. En sistemas empresariales de alto rendimiento, se recurre cada vez más a modelos simples de simulación que integran pronósticos meteorológicos de 7-10 días, con el fin de adelantar o retrasar fracciones de la superficie según la probabilidad de lluvias que puedan elevar la humedad del grano o favorecer enfermedades.
En el lote, la preparación incluye el ajuste fino de la cosechadora al tipo de híbrido, al espaciamiento entre surcos y al estado del cultivo. La regulación de la plataforma (altura de corte, velocidad de los rodillos despanojadores), del cilindro o rotor (velocidad y apertura), y del flujo de aire en el sistema de limpieza determina el equilibrio entre pérdidas por mazorcas no cosechadas, granos tirados al suelo, quebrado excesivo y arrastre de impurezas. En maíz con humedades superiores a 22 %, se recomiendan velocidades de cilindro más bajas y aperturas mayores, para reducir el impacto sobre el grano, mientras que en humedades cercanas a 16-18 % puede aumentarse la velocidad sin tanto riesgo de daño, pero vigilando el quebrado.
Otra actividad clave, muchas veces subestimada, es el muestreo de rendimiento y calidad durante la cosecha, no solo al final del lote. El seguimiento en tiempo real de rendimiento por hectárea, cuando se dispone de monitores de rendimiento, permite identificar franjas con madurez o humedad diferentes, ajustando la velocidad de avance y, en algunos casos, modificando el orden de cosecha entre lotes. Simultáneamente, el control de calidad en el punto de recepción, midiendo humedad, porcentaje de grano dañado y presencia de hongos visibles, retroalimenta las decisiones operativas en el mismo día, evitando que se perpetúen pérdidas o daños por ajustes inadecuados de la máquina.
Manejo poscosecha inmediato y reducción de pérdidas
Las actividades de cosecha se extienden más allá de la salida de la cosechadora, porque el manejo poscosecha inmediato es parte integral del sistema agronómico. Cuando el grano llega con humedades superiores a 15 %, el secado, ya sea artificial o natural, debe iniciarse en las primeras 24-48 horas para contener el desarrollo de hongos y la respiración del grano, que implica pérdidas de materia seca y calentamiento de la masa. En México, donde una proporción importante del maíz se almacena todavía en condiciones rústicas, la transición desde humedades de cosecha de 18-20 % a niveles seguros de 13-14 % representa uno de los puntos críticos de la cadena, por lo que la planificación de la cosecha debe considerar no solo la capacidad de trilla, sino la capacidad de secado y aireación.
Al mismo tiempo, el control de plagas de almacenamiento se inicia con la limpieza exhaustiva de silos, bodegas y contenedores antes de recibir el nuevo grano, eliminando residuos de cosechas previas que sirven de refugio a insectos como Sitophilus zeamais y Prostephanus truncatus. La calidad de la cosecha, en términos de porcentaje de granos quebrados y dañados, influye directamente en la vulnerabilidad a estas plagas, ya que los insectos colonizan con mayor facilidad granos fisurados, por lo que un buen manejo de la cosechadora reduce de forma indirecta la presión de infestación y la necesidad de tratamientos químicos posteriores.
Finalmente, la trazabilidad de los indicadores de cosecha hacia atrás, hasta el manejo de fertilización, riego y control de enfermedades, permite cerrar el ciclo de aprendizaje agronómico. Lotes que muestran sistemáticamente problemas de alta humedad al final del ciclo, acame severo o alta incidencia de hongos en mazorca señalan fallas estructurales en densidad de siembra, elección de híbridos o manejo de nitrógeno, que deben corregirse desde la planificación del siguiente ciclo. La cosecha, lejos de ser un punto final, se convierte así en un nodo de información donde convergen las decisiones de todo el ciclo, y desde el cual se rediseñan estrategias para incrementar la eficiencia productiva y la estabilidad del rendimiento en los sistemas maiceros de México.
Manejo postcosecha para cuidar la calidad
La calidad comercial del maíz se define mucho antes de que el grano llegue al comprador, se consolida en las horas y días posteriores a la cosecha, cuando el manejo postcosecha determina si el producto conservará su integridad física, su inocuidad y su valor industrial. Cada decisión en esta fase modifica el contenido de humedad, la incidencia de hongos, la presencia de micotoxinas y el porcentaje de grano dañado, por lo que el enfoque debe ser preventivo, cuantificado y sistemático, no reactivo.
Cosecha y recepción: punto crítico de partida
El primer determinante de la calidad postcosecha es el momento de cosecha, ligado a la humedad del grano y al estado fisiológico de la mazorca, ya que cosechas tempranas, con humedades superiores a 24-26 %, incrementan el riesgo de daño mecánico durante el desgrane y elevan los costos de secado, mientras que cosechas tardías, por debajo de 18-20 %, exponen al cultivo a mayor incidencia de Fusarium y Aspergillus, a caída de mazorcas y a pérdidas por fauna. En sistemas tecnificados de riego en el Bajío y el noroeste, el rango operativo óptimo se ubica entre 20 y 24 % de humedad, con híbridos modernos que toleran desgrane mecánico agresivo sin fractura excesiva.
Una vez definida la ventana de cosecha, el ajuste de la cosechadora se vuelve decisivo, ya que el espaciamiento de placas del cabezal, la velocidad del cilindro y la apertura de cóncavos deben calibrarse según el diámetro de mazorca, la firmeza del pericarpio y la humedad real, de lo contrario se incrementa el grano quebrado y el grano partido, que favorecen respiración acelerada, puntos de entrada de hongos y pérdida de densidad aparente. En condiciones comerciales exigentes, el objetivo es mantener el grano quebrado por debajo de 3-4 %, con impurezas menores a 2 %, metas que solo se logran con monitoreo continuo durante la cosecha y ajustes dinámicos por lote.
El traslado del campo a los centros de acopio es el siguiente eslabón vulnerable, ya que el grano húmedo en cajas descubiertas, con exposición al sol y a lluvia, sufre gradientes de temperatura y humedad que generan condensación, compactación y focos de calentamiento, por lo que se requiere reducir al mínimo el tiempo entre cosecha y recepción, usar lonas transpirables y evitar alturas de carga excesivas que provoquen compactación y daño mecánico adicional.
Limpieza, secado y aireación: núcleo tecnológico del manejo
Al llegar al centro de acopio o a la planta, la limpieza inicial define la eficiencia del resto del proceso, porque las impurezas vegetales, trozos de olote, polvo y semillas extrañas elevan la carga microbiana, aumentan la demanda biológica de oxígeno y dificultan el flujo de aire en secadores y silos. Una limpieza mecánica con zarandas, aspiradores y separadores por densidad permite reducir materia extraña a menos de 1-1.5 %, condición básica para un secado uniforme y para cumplir especificaciones de calidad de la industria nixtamalera y de balanceados.
El secado es el corazón del manejo postcosecha, ya que controla la actividad de agua del grano y, con ella, la velocidad de respiración, la proliferación de hongos y la síntesis de aflatoxinas y fumonisinas, por lo que el objetivo es llevar el maíz a 13-14 % de humedad para almacenamiento prolongado, con gradientes de temperatura y tiempo que minimicen el estrés térmico. En México, donde gran parte del maíz blanco se destina a nixtamalización, los compradores suelen exigir humedades máximas de 14 %, con penalizaciones crecientes por arriba de ese valor, lo que obliga a un control fino del proceso.
En sistemas industriales predominan los secadores continuos de flujo cruzado o mixto, donde la temperatura del aire de secado oscila entre 90 y 120 °C para el aire caliente, con temperaturas del grano que no deberían exceder 55-60 °C para consumo humano, ya que temperaturas mayores deterioran el endospermo, reducen la vitrosidad y modifican la funcionalidad para molienda y nixtamalización. En esquemas de pequeños productores, el secado solar en patios o secadores solares mejorados sigue siendo frecuente, pero requiere un manejo disciplinado: capas de 3-5 cm, volteos frecuentes, protección contra lluvias intermitentes y medición objetiva de humedad, no solo evaluación visual.
La aireación complementa el secado, estabiliza la masa de grano y homogeniza la temperatura, ya que incluso con un secado correcto persisten gradientes térmicos que, si no se corrigen, generan corrientes convectivas internas, condensación en las capas superiores y zonas localizadas de alta humedad, por lo que se instalan sistemas de aireación con caudales de 0.5-1.0 m³/min/t, operados en función de la temperatura y humedad relativa del aire ambiente. El criterio técnico es usar la aireación cuando el aire externo es más frío y, en lo posible, más seco que el grano, evitando mover aire cálido y húmedo que incremente la humedad superficial.
La combinación de secado y aireación define la estabilidad del grano, que puede representarse en diagramas de equilibrio higroscópico y curvas de estabilidad de micotoxinas, donde se observa que por debajo de 13 % de humedad y a temperaturas menores de 18-20 °C, el riesgo de crecimiento significativo de Aspergillus flavus y Fusarium verticillioides se reduce de forma drástica, por lo que el diseño del sistema postcosecha debe aspirar a mantener esas condiciones durante todo el periodo de almacenamiento.
Almacenamiento, inocuidad y control de plagas
El almacenamiento es un proceso dinámico, no un estado estático, ya que el maíz respira, libera calor y CO₂, intercambia humedad con el ambiente y sirve de sustrato a insectos y hongos, por lo que el diseño del silo, la hermeticidad, la estructura de ventilación y el esquema de monitoreo determinan la conservación de la calidad. En sistemas herméticos modernos, como silos metálicos con sellos adecuados o bolsas plásticas de alta densidad, la respiración del grano y de la microflora consume el oxígeno y eleva el CO₂, generando una atmósfera modificada que inhibe insectos y limita el crecimiento fúngico, lo que reduce la dependencia de insecticidas de almacenamiento.
En contraste, bodegas tradicionales con techos de lámina y muros porosos, sin control de aireación ni aislamiento térmico, presentan oscilaciones diarias de temperatura que favorecen la condensación en paredes y techos, el desarrollo de plagas de almacén como Sitophilus zeamais y Prostephanus truncatus, y la formación de focos de calentamiento, por lo que el manejo debe incluir limpieza exhaustiva previa, eliminación de grano viejo, sellado de grietas y uso de trampas de feromonas y monitoreo con sondeos de temperatura y humedad.
La inocuidad se ha vuelto un requisito comercial tan exigente como la calidad física, especialmente por la regulación de micotoxinas en mercados formales, donde se establecen límites estrictos para aflatoxinas totales y fumonisinas en maíz para consumo humano y para alimentación animal. La prevención de micotoxinas en postcosecha se basa en tres pilares, reducción rápida de la humedad a niveles seguros, mantenimiento de temperaturas bajas mediante aireación estratégica y control riguroso de plagas que dañan el grano y facilitan la entrada de hongos toxigénicos. Cuando se detectan lotes con niveles elevados, se recurre a segregación, uso restringido a canales menos exigentes o, en casos extremos, rechazo.
El control de insectos en almacenamiento debe priorizar métodos integrados, uso de estructuras herméticas, atmósferas modificadas o controladas, temperatura como herramienta (enfriamiento a menos de 15 °C), trampas de monitoreo y, solo cuando es indispensable, aplicación dirigida de insecticidas registrados, respetando periodos de seguridad y niveles máximos de residuos. La fumigación con fosfuro de aluminio sigue siendo una práctica extendida, pero requiere cumplimiento estricto de protocolos de seguridad y hermeticidad real, de lo contrario se generan resistencias y se compromete la eficacia.
Clasificación, trazabilidad y calidad industrial
Una vez estabilizado el grano, la clasificación y la gestión de lotes homogéneos permiten cumplir especificaciones de la industria, ya que no basta con conservar el maíz, es necesario segmentarlo según color, dureza, tamaño de grano, contenido de proteína y ausencia de defectos. La industria de harina nixtamalizada, por ejemplo, valora fuertemente la dureza del endospermo, la uniformidad de tamaño y la baja proporción de grano quebrado, porque estos parámetros influyen en la absorción de cal, el rendimiento de masa y la textura de la tortilla. La separación por densidad, colorimetría y tamizado avanzado se convierte en una herramienta de captura de valor, no solo en un requisito técnico.
La trazabilidad cierra el ciclo del manejo postcosecha, ya que permite relacionar la calidad observada en bodega o planta con las prácticas de campo, el híbrido utilizado, la fecha de cosecha, el tipo de secado y las condiciones de almacenamiento, lo que habilita esquemas de mejora continua y contratos de suministro diferenciados. Sistemas básicos de codificación de lotes, registros de humedad y temperatura, y análisis periódicos de calidad física y sanitaria son suficientes para construir una base de datos robusta que guíe decisiones agronómicas y logísticas.
En un entorno donde los compradores demandan maíz con especificaciones estrictas, bajo riesgo de micotoxinas y características funcionales precisas, el manejo postcosecha deja de ser un apéndice del cultivo y se vuelve un componente central de la estrategia agronómica, se diseña desde la elección del híbrido y el calendario de siembra, y se ejecuta con la misma disciplina que la fertilización o el control de malezas. Así, la calidad comercial no es un resultado fortuito, sino la expresión final de una cadena de decisiones técnicas coherentes, donde cada eslabón, desde la cosecha hasta el almacenamiento, protege el potencial del grano que salió del campo.
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